lunes, 27 de abril de 2009

no puede ser, no puede ser

Después de toda una vida perfeccionando un estalinismo cada vez más rudo, voy un día a la farmacia, y la farmacéutica me diagnostica una cosa de nombre FASCITIS.
-¿Fascitis?
-Fascitis
-No puede ser...
-Es. Y plantar...
-¿Seguro que no es stajanovitis? ¿koljovitis plantar?
-Nada. Fatiga por deambulación prolongada.
-¡Arrea! -y ya metidos en harina- Y bueno ¿qué pronostico me tiene eso? Porque ahora ya en elecciones europeas...
-Voltarén. Tú te pones voltarén como para una boda y mucha tele, eso sí. ¿Tienes mando?
-¡Hombre, no me jodas! ¡¡Ni que estuvieramos todavía con el papel de elefante...!!
-Bueno, bueno...

Estalinista más o menos, decidí ir a la farmacia a mirarme porque sabe todo el mundo que la verdad clínica en el capitalismo fordista y postfordista se encuentra donde se encuentra, o sea, en la famacia debajo de casa. Las cosas como son. Pero el diagnóstico era desolador. Fascitis. En medio del descuensuelo y la agitación existencial, arrastré mi pie hasta la consulta del segundo oráculo de mi barrio: la fisioterapeuta.

Cuando salí de la fisio la vida tenía otro color. Ya era lunes. La tele me había sentado bien. Laura me había sentado bien. Me volvieron a vendar el pie y fui paseando hasta casa, donde esperaba Arguiñano Dos Mitades preparando la cena. Y cuando ya me las prometía muy felices...

-¡Ay! ¡ay! -unos golpes sonaban detrás de la puerta de la cocina.
-¿Lou? -un olor delicioso invadía la casa.
-¡Ay! ¡ay! Bffffffffff, joder, joder... -las sombras se sucedían vertiginosamente por la rendija de la puerta.
Abrí la puerta con cuidado.
¡¡EL EJE DEL MAL HABÍA ATACADO LA COCINA!!
Dos Mi se defendía con dificultad de unas gambas crudas. Aquellas malditas amarillas no dejaban de disparar. Se abatieron contra el escurridor. El escurridor quedó destrozado. En cuestión de segundos echaron abajo la cazuela en la que se apoyaba el escurridor. La cazuela rodaba por el fondo del fregadero. Las malditas seguían dentro del escurridor, que permanecía de pie, a salvo. Tuve un segundo para observar el frente de los calabacines. Columnas de humo ascendían desde su posición. Otros, crudos, esperaban órdenes en formación sobre la encimera, pero las gambas nos sorprendieron por la espalda. Se bombardearon a sí mismas contra los calabacines asartenados. Pearl Harbour.
-¡¡Aaaaaaarrgghh!! -el fuego cruzado hirió a Lou.
-¡¡Tranquilo cariño!!
-¡¡La he cagado!! ¡¡La he cagado!!
-¡¡No pierdas la calma, cari!!
-¡¡Aaaaaargghh!
-¡¡Los tallarines!! ¡¡Los tallarines siguen vivos!!
-¡¡Están sosos!! ¡¡Se han quedado duros!!
-¡¡Nooo!! ¡¡Pruébalos!! ¡¡Pruébalos!!
-¡Oh, dios! ¡Oh, mierda! ¡joder!
-¡¡Cariño, cojones, que los tallarines están de puta madre!!
-¡¡Las gambas!! ¡¡Se van a deshacer!!
-¡¡Vamos!! -Y nos lanzamos contra la sartén.

Sofocamos los rescoldos con medio pisto muerto de risa que había por la nevera. Rezamos una oración por un pequeño comando que descubrí en la basura, también de gambas, tan jóvenes, tan frescas, caídas justo cuando se acaba la oferta en La Sirena...

Sobró una racioncita para mañana.
Delicious.

Hala, me voy a fregar...

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